INICO COLUMNAS La Columna del Calentano Algunos recuerdos de Jorge Salvador Aguilar Gómez
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Published on October 28th, 2013 | by admin

Algunos recuerdos de Jorge Salvador Aguilar Gómez

Hay un poema de Octavio Paz que pudiera funcionar para esta conmemoración. Además, esos versos los montó Salvador con un grupo de poesía coral allá por 1980. En aquel tiempo había dos librerías en Ciudad Azteca, una se llamabaPopol Vuh, y la otra: Don Quijote.

Las dos tuvieron el mismo origen: fueron proyectos surgidos de un grupo de amigos que, luego de enfrentar la antidemocracia de Perberto Castillo, decidimos salir del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), pero mantuvimos cierta cohesión, sobre todo gracias al grupo de música latinoamericana: Los Chacuacos, formado por amigos entrañables: Atenodoro Pérez Samaniego, Roberto Vázquez Montalvo, Alejandro Hernández Corichi y Reynaldo Márquez García (de apellidos inversos a los del nóbel de literatura). La librería Don Quijote era propiedad de Salvador, pero más que una librería era un centro de difusión político-cultural, en ella se realizaron torneos de ajedrez; círculos de estudio para analizar a los clásicos del marxismo (sólo dios sabe si alguno en el grupo llegó a entender algo de la Ideología alemana, del empirocriticismo o de la cosa en sí y la cosa para sí). Se realizaban también conferencias, alguna vez participó en una el dinosaurio estalinista Valentín Campa. También se presentó el proyecto cultural Tepito Arte Acá, encabezado por el pintor Daniel Manrique, quien proyectó una película hecha a base de música guapachosa, con un montaje de fotografías del barrio de Tepito.

Ahora, transformada en video, se puede visitar en YouTube (en este sitio se puede ver la primera de las tres partes: http://www.youtube.com/watch?v=F8qQrteTzLo ).

En aquella época, el pintor acababa de regresar de Canadá y estaba promoviendo el muralismo en las fachadas de las vecindades de Tepito para evitar que las demolieran.

En la librería Don Quijote, entre los exhibidores de libros, Salvador organizó el grupo de poesía coral con jóvenes de bachillerato y montó la Elegía de Octavio Paz que ya mencioné. Pero, quizás lo que más destacó entre las actividades que manaban de aquel centro político-cultural, fue el hecho de que allí se gestó y consolidó el grupo de activismo político que bautizamos con el nombre de Comité de Apoyo Popular (CAP), cuya actividad central fue la publicación de La Llama.

El ánimo de quienes participábamos se mantenía en alto, porque Salvador se encargaba de promover el buen humor. Recuerdo particularmente una reunión del CAP en la que, cuando llegamos, las sillas estaban etiquetadas con los nombres de los miembros del partido bolchevique: Kamenev, Zinoviev, Bujarin, Trotsky, Alejandra Kolontay, etcétera. Cada uno de los participantes se sentó en la del personaje con quien se identificaba o en alguna que estuviera vacía: Salvador acercó su silla, que mantenía aparte, y la colocó a la cabeza del rectángulo formado con los exhibidores de libros que servían de mesa, su asiento estaba rotulado ni más ni menos que con el nombre de Lenin.

En la librería picábamos esténciles; imprimíamos volantes con un mimeógrafo manual, por demás rudimentario, que al cerrarlo se convertía en un pequeño veliz de madera; redactábamos o revisábamos los artículos de La Llama; formábamos los originales mecánicos con Pritt, tijeras y Letraset. De aquel local salíamos con los paquetes para distribuirlos en los camiones o repartirlos en mercados, apoyábamos las actividades con el perifoneo en el vocho de Roberto Vázquez, mejor conocido como El Jefe, donde montábamos las cornetas Radson para invitar a los colonos a organizarse. En aquellos años el volanteo y el boteo eran los panes nuestros de cada día, ¡vaya dieta!

En 1978, Reynaldo me invitó a una asamblea popular del PMT, en las bombas de Ciudad Azteca, en donde Salvador estaba emitiendo un discurso, fue cuando lo vi por primera vez, en su arenga decía algo de que las clases medias poseían refrigerador pero lo tenían vacío, y mencionaba que ese sector había llevado al triunfo a Hitler, además se lamentaba de que una señora había quemado la manta que llevaban para aquel mitin. Mientras lo escuchaba, Alberto Damián Luna se acercó con una hoja y me invitó a afiliarme al partido. No acepté, le tenía miedo a la represión del Estado. De cualquier modo, días después ya estaba participando en las reuniones del PMT que se rotaban en las casas de los miembros del partido. Arrastrado por la dinámica antihebertista del comité de base de Ciudad Azteca, me uní a la renuncia colectiva y permanecí con la amistad de todos los ex pemetistas.

Salvador era un promotor político cultural nato y neto. Su librería era nuestro punto de encuentro; aunque creo que sin ella las cosas se hubieran dado de manera parecida, pues en otros momentos en que la librería no existió, la casa de su familia cumplía con los mismos propósitos. En su casa de la calle de Tizapán, en la colonia Ciudad Azteca, pasamos tardes enteras jugando pin pon; allí se impartieron cursos de artes marciales; hacíamos veladas literarias; y desveladas de zapateo guerrerense, donde corría el mezcal a raudales, y botaneábamos tratando de vencer la dureza de un queso guerrerense tipo ladrillo que parecía de concreto armado. Algunas veces se animaban las reuniones con la guitarra de alguno de los Chacuacos o con la picardía desbordada de Huber, el primo de Salvador. Con Chava nunca faltó un pretexto para convivir en un ambiente de buen humor.

Desde joven, Salvador promovió proyectos de periodismo. Ya en la preparatoria 2 publicó su primer tabloide estudiantil llamado Nueva Revolución. Ahora me vengo a enterar que también en Zirándaro publicó un periódico. Entre 1980-1981, con Salvador a la cabeza, publicamos La Llama: un folleto tamaño carta con pretensiones periodístico-organizativas que buscaba emular al Iskra leninista, que en su tercer número se transformó en tabloide. De La Llama publicamos siete números y una considerable cantidad de volantes que distribuíamos como extras de La Llama, sobre todo en un momento en que el movimiento magisterial tuvo cierta algidez. El CAP logró mantener la publicación de La Llama, aun cuando Salvador se fue a trabajar al Colegio Superior de Agricultura Tropical (CSAT), en Tabasco, y la librería Don Quijote dejó de cumplir su función aglutinadora.

Mientras Salvador estaba en Tabasco, los del CAP organizamos en Ecatepec un movimiento social en contra del alza del precio del pasaje. Establecimos vínculos con la Coordinadora Obrera de Ecatepec (COE) y con la Unión de Colonias Populares (UCP); y el 20 de marzo de 1981, en Cerro Gordo, logramos realizar la primera gran movilización independiente de la que se tenga memoria en Ecatepec, y fundamos la Coordinadora Obrera Popular de Ecatepec. En abril de 1981, dos delegados del CAP asistimos a la ciudad de Durango al Segundo Encuentro Nacional de Colonias Populares, en el que se fundó la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular (CONAMUP).

A su regresó de Tabasco, entre 1985 y 1986, Salvador volvió a las andadas periodísticas con la creación de La Crónica, un tabloide que vio a la luz una docena de números, gracias al patrocinio de Ublester Aguirre y a la participación decidida del periodista Ángel Amador Sánchez. La Crónica tal vez sea el proyecto personal periodístico más logrado de Salvador.  El 19 de septiembre del 85, hicimos un recorrido por toda la ciudad en ruinas, sólo llevábamos una Kodak instamatic 110. Como Dante y Virgilio (no Virgilio Bermúdez, su último editor) nos internarnos en el infierno del DF devastado, empezamos por la mañana en una vecindad de la colonia Morelos de donde sacaban y sacaban cadáveres, visitamos edificios convertidos en montañas de cascajo convertidos en tumbas colectivas, y terminamos el día sentados en una banqueta viendo cómo se iluminaba la noche con las llamas del edificio de Sears, que estaba en el costado sur-poniente de la Alameda Central, junto al cine Regis. Salvador hizo un reportaje que se publicó en el primer número de La Crónica. En el tercer número realizó otro sobre un recorrido que hicimos a San Juanico para conmemorar el primer aniversario de la explosión.

Cada vez que impulsaba un nuevo proyecto periodístico, Salvador se comparaba juguetonamente con Julio Scherer. En Cárdenas, Tabasco, promovió Cuadernos del Centro de Investigaciones Pedagógicas del CESAT, y desde allá mandaba artículos a La Llama y a Bandera Socialista, órgano informativo del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Nunca despreció un proyecto por mínimo que fuera; con el mismo ánimo, realizaba el periódico mural del CENDI, donde cuidaban a su hijo Rodrigo (curiosamente a sus dos hijos les dio el mismo nombre, sólo que al más joven le puso el de Ruy que es una versión arcaica en castellano de Rodrigo). En 1986, de vuelta en México, hizo su debut y despedida en la redacción de Bandera Socialista. En 1991 envió sus colaboraciones a la revista Despegue, que se publicaban por intermediación de Antolín Orozco, quien nos acompaña esta noche. En 1996 intentamos, sin fortuna, editar una gacetilla comercial llamada Cambalache, que no fue posible materializar; y en 2001 volvimos a intentar responder a las obsesiones de sacar una nueva publicación que se llamaría El Gueto, del que sólo hicimos el dummy. Salvador también fue entusiasta promotor en la fundación de El Sur de Acapulco, junto con Juan Angulo Osorio, a quien acompañó en su creación. En 2006 creó un blog titulado El Mensajero de la Democracia, que pronto abandonó. Y no sé en cuántos proyectos más participó posteriormente en el ámbito regional, pues dejé de tener comunicación con él, debido a que me quedé sin empleo y me fui de ermitaño a vivir a Tehuacán, Puebla, donde permanecí aislado del mundo durante cinco años.

Salvador amaba la literatura, en 1979 publicó en la editorial Mul Muk: Tierra Caliente. Una novela donde plasmó sus inquietudes sociales y las vivencias de su natal Zirándaro, que en el texto aparece representado por el pueblo de Puruchurio. Entre lo más logrado de este texto están sus personajes entrañables como El Cuachaz, de destino trágico, quien murió literalmente destripado por la cola de una iguana debido a su, digamos, falta de potencia eólica que le impidió alcanzar una nota ¿musical?; Galdino Soria, El Zorrero, una especie de cornudo vengador que con un leño ardiendo les quemaba el pecado original a las mujeres traicioneras; La Canela, una burra vieja que, además de cargar leña, atendía las urgencias viriles de un adolescente; La Caimana, ramera del pueblo en quien fundaban sus ensoñaciones húmedas los jóvenes imberbes;  y otros tantos personajes.

En 2011, 32 años después de Tierra Caliente, a manera de despedida, publicó El príncipe de Florencia, de la que no voy a hablar debido a que, los aquí presentes es la que más conocen, y yo no he podido leerla debido a que, cada vez que lo intento, me abate el duelo por el amigo que se fue. Salvador también dejó en el aire una novela titulada Los nuevos virreyes que en 1992 proyectó y no logró concretar, ignoro si dejó los capítulos iniciales.

Además de la novela, Salvador cultivó el cuento y, aunque no dejó un volumen de este género, por ahí andan dispersos algunos textos como El Italiano, Autobiografía de un feto, Sor Virtudes, El gran invento, otro sobre una mano empeñosa y tantos más.

En 1983 obtuvo el segundo lugar en el concurso de cuento que convocó la casa de la Cultura de Cárdenas; y en 1987, acudimos a los talleres de Huberto Batis de periodismo literario, en el museo Carrillo Gil; y de poesía que impartía Ethel Krauze, en el Museo de Arte Moderno. Como yo andaba de vago, también fui a los de poesía que impartía David Huerta en el Carrillo Gil; y a los de cuento de Edmundo Valadés, arriba de la estación del metro Juárez.

A principios de 1984, Salvador obtuvo el tercer lugar en un concurso de poesía que organizó la Casa de la Cultura de Cárdenas, en aquella ocasión lo acompañé a la ceremonia de premiación a recoger su reconocimiento: era una medalla dorada, seguramente de plástico. Cuando concluyó el acto, al salir del auditorio, como si fuera basura, arrojó con desprecio la medalla entre las butacas y nos fuimos a caminar al parque como si nada hubiera sucedido. Le gustaba escribir lírica cargada de ironía como los versos del poema Judas, La niña y el ermitaño y algunos corridos. Además, fue un importante promotor en la edición del libro colectivo de poesía titulado Jornaleros, que en 1983 se publicó en Tabasco.

En cuanto a ensayo, en 1996 publicó Guerrero en la encrucijada, que apoyé en su edición; y en 2007 reunió sus artículos periodísticos en el volumen La alternancia del gatopardo.

En 2005, Salvador hizo algunos viajes a Macuspana, Tabasco, en compañía de Raúl Ramírez Piña, quien nos acompaña esta noche. Los hizo para entrevistar familiares de López Obrador, pues tenía el proyecto, que no concretó, de escribir una biografía de AMLO: Un Pejelagarto en el asfalto, sólo me dio a leer las primeras páginas tituladas Los veneros del diablo, no sé si escribió más capítulos. También dejó inconcluso un proyecto que le anduvo rondando en la cabeza allá por 1993, de un libro que titularía Ginecografía de México.

Cuando escribí mi tesis de licenciatura en las dedicatorias anoté: “A Salvador Aguilar por su complicidad en delirantes y frustrados asaltos a lo imposible”, pues juntos intentamos muchos proyectos que no tenían piso en la realidad, pero que nuestros ánimos nos hacían creer que eran posibles.

Su compromiso político siempre estuvo presente, en su juventud tuvo simpatías por los lacandones, en donde su participación fue parecida a la que habría realizado si se hubiera inscrito en un gym, pues según me platicaba, las únicas acciones en que participó fueron de ejercicio físico; se entregó de tiempo completo al PMT; dedicó todos sus esfuerzos al fortalecimiento del Comité de Apoyo Popular; mantuvo acercamientos con Corriente Socialista y su escisión: la Unión de Lucha Revolucionaria; participó en el PRT; apenas bordeó su participación en el Movimiento al Socialismo (MAS), y encabezó la marcha de las muletas.

En 1991, cuando Salvador era director en la SARH, conoció a López Obrador, quien en aquellos años sólo tenía presencia en Tabasco: en el ámbito nacional era un desconocido. Lo conoció en un vuelo a Villahermosa, viajaban en asientos contiguos, y gracias a que uno de ellos leía la revista Proceso empezaron a dialogar sobre un tema de política, lo que se transformó en un mayor trato, pues cada vez que Salvador visitaba Tabasco se reunía con El Peje para cenar. Alguna vez que fuimos a Villahermosa, Salvador me invitó a un restaurante para presentármelo, decía que era una persona con quien se podía platicar como platicábamos entre nosotros. Me parecía que Salvador exageraba las virtudes del tabasqueño, por lo que preferí quedarme en el hotel a realizar actividades que revitalizaran mi espíritu: me quedé a hacerle zapping al televisor. Finalmente, Salvador fincó sus esperanzas en el triunfo electoral del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y me dio la impresión que lo desconcertaron los resultados de las elecciones de 2006.

Durante la estancia de Salvador en Nueva York, mantuvimos correspondencia. En una de sus cartas, de fecha 30 de enero de 1988, en el Bronx, me cuenta, que en el edificio donde vivía era centro de operaciones de los narcomenudistas y señala: “Hace poco los inquilinos se organizaron para sacar a los vende-drogas. Me dio tentación dirigirlo, pero preferí que triunfara”.

Salvador tuvo diferentes trabajos, desde ponerle los ojos a la virgen en un taller donde fabricaban figuras religiosas, pasando por encuadernador en una imprenta; juntos anduvimos en los tianguis vendiendo ropa usada que sacamos de nuestros roperos; también juntos, con su hermano Ublester y Toño Damián Luna, trabajamos en la SARH, particularmente en la subsecretaría que encabezaba el ex pemetista Gustavo Gordillo de Anda. Creo que los trabajos que más sufrió fueron los de Nueva York, en la carta ya mencionada me dice: “Cuando estoy a punto de desfallecer, en la hora décima de la jornada, me consuelo pensando que pronto va a amanecer y voy a despertar con mis hijos arriba de mí y mi mujer perfumando la cama”.

En resumen, las pasiones de Salvador fueron la participación política, el periodismo, la literatura, la sociología, la ciencia política, la historia y la pedagogía, algunas veces al mejor estilo de Makarenko.

Bien, el poema de que hablé al principio es aquel que dice: “Has muerto, camarada, / en el ardiente amanecer del mundo” etcétera, etcétera, que no leo aquí porque ya está muy sobado; además según cuenta Elena Garro, en 1937, cuando Octavio Paz estaba leyendo ¡No pasarán! en un teatro de Barcelona, Juan Bosh quien era el camarada muerto en el ardiente amanecer del mundo, apareció en una butaca. Andaba huyendo del estalinismo por pertenecer al POUM. Creo que se apareció nomás para echarle a perder la esencia al poema de Paz. Por otra parte, en México alguna vez corrió el rumor de que Renato Leduc había muerto, cuando el director del diario donde trabajaba se lo encontró en un elevador, le dijo algo parecido a lo que sigue: “¡Renato, qué gusto me da saber que aún está vivo!, yo creí que ya había pasado a mejor vida.” A lo que Leduc respondió: “Voy a pasar a mejor vida cuando usted me suba el pago de mis colaboraciones.”

Así, para mí, Salvador sólo pasó a mejor vida. Por mi parte, cuando lo releo sigo debatiendo con él.

Por último, unas palabras de Salvador que recupero de su novela Tierra Caliente:

“[…] quedé convencido de que la gente no llora por sus muertos, sino porque éstos le recuerdan que también ella se tiene que morir.”


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is a fictional character in the animated television series The Simpsons. He is voiced by Harry Shearer and first appeared in the episode "Krusty Gets Busted". He is a grumpy, self-centered news anchor, hosts the Channel 6 news, as well as Smartline, a local current-affairs program.